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Información para Productores y Semilleros

 
 

INTA Paraná (Lectura Recomendada)

Manejo y mejoramiento, claves para la intensificación agrícola

 

En la Experimental Paraná se trabaja para aumentar la productividad de los cultivos sin descuidar el medio ambiente.

 

La sustentabilidad es un objetivo ineludible. En el caso del maíz, por ejemplo, las investigaciones apuntan a incrementar el rendimiento potencial del cultivo, por un lado; y sostener el rendimiento bajo condiciones de estrés, por el otro.

 

“Tenemos una visión de la agricultura, tal vez, distinta de la que se ve en muchos medios. Si bien, como organismo de ciencia y técnica creemos que muchos de los desafíos de producción y sustentabilidad deben ser abordados desde la ciencia y tecnología, la solución definitiva sólo estará asociada a un cambio en la actitud de los individuos frente a los recursos ambientales involucrados en la producción (tierra, agua, CO2, energía), actitud que indica la prioridad que cada individuo le otorga al resto de la sociedad”. La reflexión pertenece al Dr. Oscar Rodolfo Valentinuz, profesional del INTA Paraná, quien, además de recordar los tres ejes sobre los cuales basa su accionar el organismo -competitividad, sustentabilidad y equidad social-, se refirió a los desafíos de la investigación agrícola, específicamente la maicera.

 

El mundo. Alimentos y energía son, a juicio de Valentinuz, dos de los problemas centrales que enfrenta el mundo actual y la agricultura tiene parte de la llave para abastecer la demanda mundial y creciente. Uno y otro están muy relacionados porque para una mayor producción de alimentos se necesita, claro, más energía.

 

“Después de esta crisis económica mundial, la mayoría de los países está esperando un nuevo crecimiento en sus economías con el consiguiente aumento en el nivel de vida de los ciudadanos, lo que necesariamente implicará una mayor demanda de alimentos y, por tanto, más energía”, analizó Valentinuz. Recursos naturales finitos, como la superficie agrícola y el petróleo, frente a un creciente consumo - muchas veces extravagantes si consideramos las necesidades genuinas de los seres humanos - anticipan que la ecuación energética a nivel mundial “no cierra”. “Imaginemos por un momento que toda la población del mundo incrementa su nivel de vida a un nivel promedio, en un nivel de vida medio, con acceso a bienes y servicios, la energía no alcanza. En ese aspecto estamos muy comprometidos y el desafío es grande”, no sólo porque requiere por supuesto soluciones científicas, tecnológicas, sino también soluciones que pasan la moralidad, en esencia, más ciudadanos y menos consumidores.

 

En términos de alimentos, deberíamos aprender del pasado. Valentinuz recordó que “ya tuvimos una situación parecida en cuanto a la necesidad de incrementar la producción a nivel mundial en las décadas del 50 y 60” cuando apareció la denominada Revolución Verde, que fue un proceso de intensificación de la agricultura, fundamentalmente en dos cereales (trigo y  arroz).

“Ahora estamos ante un nuevo desafío porque en 40 años, en 2050, vamos a ser 9 mil millones de habitantes en el planeta, y eso implica duplicar la cantidad de alimentos. Habrá, entonces, una nueva Revolución Verde, que deberá tener - y ya estamos trabajando en eso - otras características”, añadió el profesional del INTA.

 

La nueva intensificación de la agricultura, remarcó Valentinuz, se diferencia de la primera en que deberá ser una intensificación sustentable. Otra diferencia es que la próxima revolución “tendrá lugar con más limitaciones porque estamos en un sistema donde prácticamente no hay posibilidades de expandir las tierras agrícolas y probablemente también con una mayor degradación del ambiente”.

 

“Se estima que la producción agrícola tendrá que incrementarse en un 70% para solamente alimentar la población mundial. Si bien la mayoría de nosotros somos optimista, no hay que perder de vista que ese incremento deberá lograrse en un contexto de escasez de recursos (energía fósil), una creciente variabilidad climática y mayores limitaciones en cuanto al uso del agua”.

 

Agronomía y genética. Con respecto al aumento del rendimiento de los cultivos, la investigación agronómica ofrece dos herramientas fundamentales para avanzar hacia el logro de aquel objetivo.

 

Cuando hablamos de la producción de cultivos, por ejemplo cereales y oleaginosas, que representan la mayor parte en la producción de alimentos, “el componente científico-técnico que aportaría soluciones a estos problemas estaría enmarcado en dos grandes avenidas: el manejo de los cultivos (i.e., la agronomía) y el mejoramiento genético de los cultivos (i.e., la genética).

 

En el caso del maíz, por ejemplo, estos dos aspectos han sido los pilares para que “desde 1981 a 2007 la producción mundial creciera el 56%, con un aumento del área sembrada de solamente el 10%. Eso equivale a aproximadamente 70 millones de hectáreas virtuales”. Es decir, aquel crecimiento de producción hubiera necesitado esa enorme cantidad de superficie si los rendimientos no hubieran aumentado.

 

En nuestro país, la expansión del cultivo de soja sobre áreas ganaderas y, simultáneamente el mantenimiento de las producciones animales en sistemas mas intensivos - con más granos en la dieta - estaría revelando la generación de hectáreas virtuales para la producción ganadera.

 

Si bien el manejo y mejoramiento fueron las claves para los incrementos en el pasado, vale remarcarlo, todavía hay mucho margen para aumentar los rendimientos a través de estas herramientas.

 

“En las 15 principales naciones productoras de alimentos, en los últimos años, se dio el 70 u 80 % de los rendimientos récord a nivel mundial. Si ésto se traslada a todos los países en desarrollo implica claramente que hay margen para mejorar, siempre sobre la base del ajuste de prácticas agronómicas y el uso de mejores variedades”, analizó Valentinuz.

 

En la comarca. “Entre distintos ejes de acción, una contribución que desde la Experimental Paraná estamos haciendo en cuanto al cultivo de maíz, esta enmarcada en proyectos nacionales, algunos de ellos coordinados desde esta EEA. Uno de estos proyectos - Bases Fisiológicas y Genéticas para Entender y Mejorar el Rendimiento Potencial y Real en Cereales -, el cual coordino,  presenta dos grandes ejes de acción: por un lado, el aumento del rendimiento potencial del cultivo; por el otro, la posibilidad de sostener el rendimiento bajo condiciones de estrés”, explicó Valentinuz.

 

En Entre Ríos, precisó, el potencial teórico de rendimiento está arriba de los 20.000 kilos por hectárea. “Hay productores que llegan a los 15.000 y en algunos sectores del campo, medidos con tecnología de precisión en lotes comerciales, se alcanzan aquellos 20.000 kilos”, comentó. Entonces, estamos trabajando para mover esos techos de producción (RTO Potencial) y también para lograr rendimientos relativamente altos cuando algún factor ambiental como el déficit hídrico, la deficiencia de un nutriente específico, las bajas temperaturas en etapas tempranas del cultivo resultan en caídas de rendimiento (RTO Real).

 

 

Dr. Oscar Valentinuz: “Conocer el rendimiento potencial de maíz requiere experimentos con cierto grado de control. La medición de un proceso básico en el crecimiento de las plantas (fotosíntesis) permite identificar líneas de maíz que mantienen altas tasas durante más tiempo.”

 

El período crítico. Habrá que mejorar, además, la duración del cultivo en términos de productividad. “Un cultivo - explicó Valentinuz - tiene su época de mayor demanda de agua, nutrientes y los productos de la fotosíntesis en el denominado período crítico, es decir, alrededor de la floración. Es en ese período en donde la extraordinaria maquinaria fotosintética del cultivo tiene que estar trabajando a pleno, pues es allí cuando el cultivo establece el número de granos por unidad de superficie, la base del rendimiento. Posteriormente, comienza un proceso de deterioro de toda esa maquinaria que tiene que ver con el paso del tiempo (recordemos que la vida o ciclo de un cultivo es de aproximadamente 120 días, y para el momento de la floración, el cultivo ha vivido “la mitad de su vida”, entonces el proceso de senescencia es inevitable). Esto determina que la producción diaria vaya declinando hasta llegar a la madurez fisiológica, momento en que el desmantelamiento de la maquinaria productora es total y el rendimiento queda finalmente establecido. Con respecto a esto, lo que estamos tratando es de mantener el cultivo por más tiempo verde y más tiempo productivo. Es difícil, se trata de “alargar la vida útil” en días y cantidad de producción diaria de las plantas. Es decir, que esa declinación de la producción después de floración no sea tan drástica”. El objetivo es minimizar esa caída para aumentar la cantidad de materia seca producida por día en las últimas etapas del cultivo, etapa en la cual la mayor parte del producto de la fotosíntesis va al destino de importancia económica (el grano).

 

“Asimismo, estamos evaluando líneas de maíz que prioricen el crecimiento de la espiga en detrimento del crecimiento del resto de la planta. Buscamos identificar líneas de maíz que sean capaces de tener una alta partición de asimilados a la espiga durante el período de floración. Eso nos aseguraría que del total de las flores que tenemos disponibles podríamos fijar una mayor cantidad de granos y aumentaríamos la eficiencia de fijado de granos. Después, claro, hay que llenarlos”, añadió.

 

El estrés. Además del aumento del rendimiento potencial, llevamos a cabo investigaciones orientadas a sostener el rendimiento de maíz bajo condiciones de estrés.

 

Cualquier factor físico, ambiental o biológico que produzca una caída a partir del rendimiento potencial es considerado estrés: baja temperatura y escasez de agua, ataque de insectos, presencia de malezas y aparición de enfermedades.

 

“En el proyecto que llevamos adelante en Paraná estamos trabajando con líneas del Programa de Mejoramiento de Maíz del INTA, con sede en Pergamino. De esas líneas buscamos detectar cuáles tienen mejor comportamiento ante situaciones de estrés hídrico y nitrogenado”, explicó.

 

“Hemos detectado líneas con un comportamiento superior, y una vez testeadas y chequeadas, el Programa de mejoramiento las toma y empieza un proceso de “genotipeado”. Es decir, identificar qué sectores del genoma o grupos de genes están asociados con esa mayor tolerancia al estrés. Una vez detectados, esos sectores del genoma pueden ser incorporados a distintas líneas élites, una veintena de líneas de excelente rendimiento y calidad de planta que los programas de mejoramiento utilizan para la producción de híbridos comerciales”, precisó.

Valentinuz, finalmente, señaló que “la industria de semillas se encuentra en una búsqueda intensa de genes asociados con la tolerancia a estrés, principalmente al estrés hídrico, para lograr híbridos portadores de esa tolerancia. Nosotros, como un organismo del estado, y específicamente a través del proyecto que coordino, también participamos de esa búsqueda, un trabajo conjunto que constituye una fuente de cooperación entre la industria de semilla y el INTA”.

 

 

Más información:

Dr. Oscar Valentinuz

ovalentinuz@parana.inta.gov.ar

 

 

Febrero de 2010

Grupo Comunicaciones INTA EEA Paraná.

Marcela Espósito, Aldo Puig, Rosa Ana Milocco y Oscar Ledesma

 

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